jueves, 10 de noviembre de 2011

La historia del Cholo Perrone

Algún día -más pronto que tarde- les presentaré a Gastón Perrone, más conocido como el Cholo, pero mientras llegue el momento les explicaré su última historia vivida en esas calles por las que suele jugarse el pellejo a diario.
La luna aún flotaba en el cielo teñido de un azul oscuro cuando el Cholo aparcó el coche en aquella calle residencial donde las casas, cada una de ellas con un pequeño jardín en su parte delantera, surgían a ambos lados del asfalto. Apagó el motor, bajó la ventanilla y procedió a encender un cigarrillo tras voltear entre sus manos un brillante encendedor plateado cuya carcasa cerró de un golpe seco. Clac. Exhalaba profundas bocanadas de humo entre el silencio apenas quebrado por el canto lejano de los grillos. Mantenía la brasa del cigarro escondida en el hueco de la mano y la mirada fija en el número 54 de la pequeña casa que quedaba diez metros más abajo, al otro lado de la carretera, y en la que los rosales invadían la menuda verja verde que delimitaba su espacio. Tras el jardín -bien cuidado, con pequeñas baldosas de piedra que marcaban el camino hacia la entrada- aparecía una vivienda de estrecha fachada, con dos pisos coronados por un tejado de teja rústica.
No se adivinaba movimiento alguno desde su posición pero el Cholo Perrone era un profesional y nunca daba lugar a la relajación antes de cumplir con su cometido. Siempre fue así y esa virtud le había permitido seguir con vida. Desde joven tuvo que tratar con lo peor de cada casa, con tipos capaces de vender a su propia madre por dos duros, en algunas ocasiones prestándoles sus servicios y en otras quitándolos de la circulación. Sus víctimas pasaban a mejor vida de una manera limpia, sin rencillas de por medio, sin odio ni ensañamiento. No era nada personal. El Cholo hacía su trabajo con la misma normalidad con la que un marinero lanza sus redes al mar en busca de sustento. Vaciaba el cargador, desaparecía sin dejar rastro y cobraba por ello. Por ese motivo era el mejor.
A través del retrovisor vió las luces de un coche avanzar por la carretera tras doblar la esquina. Se mantuvo alerta un instante y destensó los músculos de su cuello cuando el vehículo pasó de largo. En ese instante contempló su rostro reflejado en el espejo y se vió cansado. Pensó en dejarlo, como en tantas otras ocasiones. Demasiada sangre, suficientes muertes en sus espaldas como para no dejarle conciliar el sueño en esas noches en que la conciencia asoma la cabeza y te recuerda nombres ya olvidados, rostros que miran con los ojos bien abiertos sin ver ya nada, expresiones detenidas en el tiempo y grabadas a fuego en la memoria. A pesar de caminar por el lado salvaje de la vida, nada le había detenido jamás. Tenía la capacidad de olvidar y seguir adelante sin echar la vista atrás. Lo hecho, hecho está y más vale matar que morir, pero los años no perdonan y la rutina de la barbarie también pasa factura. Demasiados años en el negocio y en este bisnes -como él siempre decía- si no te mata una bala, lo harán los fantasmas.
Se mantenía en forma, con ese porte de galán venezolano que tantos corazones había roto a lo largo del camino. Pelo azabache, siempre peinado hacia atrás con abundante fijador. Barba de tres días. Piel morena, como correspondía a la sangre indígena que corría por sus venas, proveniente de su familia materna. A su padre ni siquiera lo conoció pero contaban en el barrio que era un tipo peligroso de ascendencia italiana y gatillo fácil, al que llamaban el Tano.
Apoyándose ligeramente en el volante, rectificó su posición al observar a través de las ventanas cómo se hizo la luz en el interior de la casa. La espalda bien pegada al asiento, la cabeza alzada y todos los sentidos en su punto más álgido a la espera de los acontecimientos. Aquel ritual se había repetido en infinidad de ocasiones, pero a pesar de la experiencia adquirida a través de los años siempre existía ese hormigueo en la boca del estómago, ese temor al cruel destino que nunca sabes lo que te va a deparar. El Cholo bien sabía que hay detalles en manos del azar caprichoso que escapan a nuestro control y por ese motivo, más valía tener un arma a mano que plomo en el corazón. Sacó lentamente su Colt Gold Cup con cachas doradas de la americana y la dejó descansar sobre sus rodillas con una suavidad que contrastaba con la violencia que aquella pistola, en manos de quien estaba, era capaz de engendrar. Deslizaba sus dedos una y otra vez sobre la empuñadura que brillaba como una joya de incalculable valor, creando un suave reflejo en el techo del vehículo, mientras su mirada continuaba fija en aquel número de la fachada, como hipnotizado por una voz conocida que le susurraba palabras de perdón y redención ante sus pecados.
La luz que se adivinaba a través de las ventanas del inmueble se apagó y se oyó el rechinar de una puerta que se abría. El Cholo salió lentamente del coche y tras cerrar su puerta con delicadeza se encaminó hacia la acera, cruzando la carretera que recibía la humedad de la mañana. Al pasar junto a una farola, ésta dejó de emitir su resplandor ante los últimos latidos de la oscuridad nocturna. El sol trataba de salir tímidamente al igual que aquel hombre que cerraba tras de sí la pequeña verja verde, mirando con orgullo el jardín que sus manos habían engalanado con trabajo y esfuerzo. Abrió la puerta del coche aparcado frente a su casa y se sentó frente al volante mientras su boca dibujaba un gran bostezo que inspiró el viciado aire del interior del vehículo. Al comprobar que el espejo exterior estaba encarado hacia la puerta, abrió la ventana y procedió a extraerlo. En ese preciso instante percibió la presencia de una sombra que en décimas de segundo se materializó en la figura siniestra y peligrosa del Cholo Perrone, que alzando enérgicamente su brazo derecho encañonó a la presa. Sin mediar palabra apretó el gatillo con gesto imperturbable, esparciendo sus sesos por la tapicería de los asientos. Un gran chorro de sangre había salido despedido, impactando sobre la ventana del copiloto y salpicando todo cuanto encontró en su camino. Con el brazo aún en alto, dió un paso adelante y remató con tres disparos el cuerpo ya sin vida de aquel hombre que pocos segundos antes había respirado profundamente el aroma de las rosas que se alzaban abiertas y majestuosas sobre la verja que delimitaba su terreno.
El Cholo bajó el arma, emitiendo varios destellos en su trayectoria, como si fuera un blinker transmitiendo un misterioso mensaje en código morse. Otro rostro más al que vería en sueños pidiéndole cuentas. Sin embargo, mientras estuviera despierto mantendría su filosofía de olvidar y seguir adelante como método de supervivencia ante la vida que le había tocado en suerte. Los sueños, al fin y al cabo, son sólo eso, y mientras el sudor de una pesadilla desaparece, una bala a traición no daba lugar a más sueños.
Antes de guardar la pistola en su americana besó ambas cachas doradas con cariño y agradecimiento, como si esas rugosas placas metálicas fueran las mejillas de su vieja compañera de fatigas, la eficiente Colt Gold Cup que jamás le había fallado. El Cholo era un sicario sin escrúpulos pero sabía apreciar la lealtad, una de esas virtudes que tanto escaseaban en el oficio. Con paso tranquilo, como si no hubiera hecho nada de lo que debiera avergonzarse, se dirigió a su coche y tras encender el motor, que rugía como si le fuera la vida en ello, tomó de nuevo la carretera con dirección a cualquier lugar del que no tuviera que huir.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Los trileros de las aulas

Hay que ver lo duros que se han puesto los de la Conselleria d'Ensenyament de la Generalitat de Catalunya con las nuevas normas de evaluación de secundaria y bachillerato. A su lado, el sargento de hierro que interpretaba Clint Eastwood queda a la altura de una carmelita descalza. Vamos, que ante el endurecimiento de las normas impuestas para pasar de curso, los chavales van a ir al colegio con el miedo en el cuerpo, es más, ya están temblando.
Y es que no es para menos porque a partir de ahora tan sólo podrán avanzar de curso con un máximo de cuatro asignaturas suspendidas -las pobres criaturas- pues Ensenyament ha limitado a dos el número de materias que puede aprobar la junta de evaluación, pasando los estudiantes -por llamarles de alguna manera- al curso siguiente con otras dos asignaturas pendientes de recuperación.
Si esto es endurecer el sistema de evaluación, imagínense lo que era antes: la vista gorda más absoluta, la Sodoma y Gomorra educativa, los trileros de suspensos y aprobados arbitrarios, al antojo del claustro de turno. Ante esta situación, yo me pregunto, ¿con qué objetivo se ha seguido esta tónica durante los últimos años? ¿Cómo es posible que en el curso 2009-2010, el 26% de los alumnos catalanes obtuviera el título de ESO pese a no haber aprobado todas las materias?
Creo que la respuesta es tan sencilla como triste: el único objetivo de estos mercenarios del sistema es maquillar las cifras de fracaso escolar. Eso es lo que verdaderamente les importa a todos los Consellers d'Ensenyament en particular y al resto de políticos catalanes en general, con el fin de no tener que rendir cuentas sobre el gran problema de la educación, que debería ser uno de los pilares en que se basara nuestra sociedad.
Pero ya ven, la realidad es que con la nueva norma no va a variar demasiado el cachondeo educativo y lo que podría haber sido el inicio de un cambio en la mentalidad de docentes y alumnos, va a quedar en la nada más absoluta. Se seguirán perdonando suspensos, se continuará permitiendo que un estudiante pase al siguiente curso hasta con cuatro materias suspendidas y se mantendrá la imperante ley del mínimo esfuerzo entre nuestros jóvenes mientras las mentes educativas más sesudas y eruditas creen que les hacen un favor y piensan que de esta manera les liberarán de posibles traumas psicológicos ante los suspensos y el fracaso. ¿No son conscientes de que sus actos de hoy serán un problema el día de mañana? ¿No se dan cuenta de que están creando una juventud sin el más mínimo conocimiento de valores como el esfuerzo, la constancia o la responsabilidad?
Antes, un suspenso era un suspenso, y por muy persistente que fueras en tus súplicas, éste no te lo quitaba ni Perry Manson, pero está visto que hoy en día vale más sacar pecho en los medios de comunicación junto a informes con altos porcentajes de titulados que pensar en el futuro de varias generaciones. Esas mismas generaciones que cuando se den de bruces con la vida real, verán que ahí afuera nadie les va a regalar nada y que durante todos estos años de formación han sido víctimas de una farsa y de una auténtica tomadura de pelo. Aunque quizás, estarán tan acostumbrados a no pensar, que seguramente no piensen en ello.

jueves, 20 de octubre de 2011

Un asunto de honor

Reconozco que el título del artículo que tienen ante sus ojos lo he tomado prestado de un relato de Arturo Pérez-Reverte, una especie de road-movie ibérica en la que cada uno de sus personajes trata de mantener a flote su honor ante las circunstancias en que se ven inmersos. Precisamente, me gustaría hoy hablarles sobre esa palabra que cada día es más difícil escuchar en estos tiempos que corren. Su definición no deja lugar a dudas: "Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo".
Este antiguo vocablo proveniente del latín honoris, junto a otros igualmente olvidados como honradez, dignidad u honestidad me vinieron inmediatamente a la cabeza al leer una noticia publicada la pasada semana en los medios de comunicación que resume claramente la catadura moral de una gran parte de los políticos de nuestro país. Esta vez fue Fernando Manzano, presidente de la Asamblea de Extremadura y secretario general del PP extremeño, quien protagonizó uno más de esos actos reprobables a los que tan acostumbrados nos tienen nuestros representantes. El susodicho contrató a un primo suyo como chófer, justificando dicha contratación en el hecho de necesitar a alguien de su "absolutísima confianza" ya que durante los trayectos realizaba "largas conversaciones por teléfono".
Dejando a un lado que resulta sospechoso tanto esfuerzo por evitar airear ante un empleado unas simples conversaciones telefónicas, lo que realmente le hace a uno ponerse las manos en la cabeza son los antecedentes de este señor que nos confirman cuán sabios son los refranes y en especial ese que reza que por la boca muere el pez, ilustrando el caso que nos ocupa. Resulta que en un ataque de originalidad sin precedentes, al señor Manzano se le ocurrió durante las pasadas navidades escribir en su blog una carta a los Reyes Magos -qué idea innovadora, rediós- en la que pedía con toda la fe posible en sus majestades, un gobierno autónomo en el que no existiera el "enchufismo". Como podrán imaginar, ese mensaje plasmado tecla a tecla con la ilusión de un niño que en esa mágica noche deja leche para los camellos, ese anhelo tantas veces soñado, ese deseo ubicado en lo más hondo del corazón, fue formulado durante su época en la oposición. Sin embargo, una vez llegado al poder -que como la propia palabra indica, puede con todo-, donde dije digo, digo Diego.
Y ahí está la madre del cordero y el quid de la cuestión: el honor y la palabra ya no tienen lugar en nuestra sociedad, es más, ni siquiera nos acordamos de su existencia. ¿Qué importa ya traicionar a tus conciudadanos y lo que es peor, traicionarte a ti mismo? ¿Qué más da mancillar tu nombre si al día siguiente otra noticia ocupará su lugar en las portadas? ¿Quién prefiere la honradez frente al dinero cuando nuestra escala de valores está patas arriba?
Es cierto que la fechoría del señor Manzano no es de una gravedad extrema, visto lo visto en el siempre candente mundo de la corrupción política, pero ya saben, se empieza empleando a familiares en puestos que deberían ser ocupados por verdaderos profesionales mediante un proceso de selección en toda regla y acaba uno vendiendo su alma al diablo, y perdiendo definitivamente no sólo el honor sino la vergüenza e incluso, en ocasiones, hasta la libertad tras unos barrotes.
Habrá gente que piense que es una cualidad anacrónica, pasada de moda e inútil en esta época que nos ha tocado vivir, pero existe una verdad irrefutable según la cual hay cosas en la vida que jamás le podrán arrebatar a aquél que obra con integridad y una de ellas es su honor, que no dará de comer, pero almenos alimenta el alma. 

viernes, 30 de septiembre de 2011

Madres, verdugos y héroes

Ayer, leyendo la contraportada de La Vanguardia -se la recomiendo, es la mejor sección de todo el periódico- se me hizo un nudo en la garganta ante la durísima historia que reflejaba. Reproducía una entrevista realizada a una de las madres de Plaza de Mayo, cuya vida ha sido de película, eso sí, altamente dramática. Su nombre es Esperanza Pérez Labrador, 89 años, nacida en Cuba de padres españoles y emigrada a la Argentina.
En el reducido espacio que alberga una sola página, nos explica la enorme tragedia que golpeó a su familia durante la dictadura argentina, cuando su marido y su hijo fueron asesinados por los militares, mientras Miguel Ángel, su hijo menor, fue secuestrado por las mismas manos ejecutoras y hasta el día de hoy sigue desaparecido, pasando a engrosar esa extensa y siniestra lista de nombres escrita por el horror, la violencia y el fanatismo de un régimen liderado por auténticos psicópatas.
A pesar de los años transcurridos desde entonces, Esperanza, que hace honor a su nombre, mantiene vivo ese sentimiento a pesar de que, como confiesa finalmente tras años de búsqueda, "a estas alturas yo creo que a mi hijo ya me lo mataron". Tanto Esperanza como el resto de madres y abuelas de Plaza de Mayo son un ejemplo de entereza, dignidad, coraje y lucha constante contra el olvido, con el firme objetivo de que tanto los ideólogos como los verdugos de aquella locura paguen por los crímenes cometidos. Tal y como defiende Esperanza, no habrá justicia hasta que no se juzgue y condene a todos ellos, confesando en este punto de la entrevista su máxima admiración por el juez Baltasar Garzón, que reabrió varios procesos contra esos dictadores que vivían en la tranquilidad de un retiro apacible, acusándoles de crímenes contra la Humanidad.
¿Por qué le habeis hecho esto a Garzón en España? -preguntaba incrédula Esperanza en relación a las querellas presentadas por organizaciones de extrema derecha como Manos Limpias o Falange Española de las JONS ante el intento de Garzón de investigar las desapariciones durante la Guerra Civil y que acabaron con la suspensión cautelar de sus funciones como magistrado de la Audiencia Nacional. Seguramente sería difícil explicarle el porqué a alguien que no vive en nuestro país y no sabe de qué somos capaces, pero si tuviera a Esperanza a mi lado le diría que en España se castiga el éxito, se persigue la integridad, se denuncia a aquel que es fiel a sus ideales y muere por ellos, se margina la búsqueda de la verdad o la justicia y se hunde a cualquier adversario político por el mero hecho de serlo. Sólo así se entiende que en un país azotado durante 40 años por una dictadura gris e implacable hasta su último aliento, absolutamente nadie tras tantos años de democracia silenciada haya sido capaz de devolverle la dignidad a los vencidos -muchos de ellos continuan abandonados en cunetas- amparándonos en una transición supuestamente reconciliadora entre los vencidos sin voz y los vencedores herederos del poder, y excusándonos en el hecho de no remover más el pasado.
Ni siquiera un juez estrella como Garzón pudo ser profeta en su tierra, sin embargo tuvo la oportunidad y la valentía de llevar a cabo esa justicia que no le dejaron aplicar en España a los paises latinoamericanos que sufrieron la barbarie de una clase política y militar enfermiza. En paises como Argentina o Chile, Baltasar Garzón es hoy en día un referente de la libertad y la lucha contra el totalitarismo y el genocidio. Mientras tanto aquí, al otro lado del Atlántico, en este país que acostumbra a dar clases gratuitas de democracia sin aplicarse el cuento, Baltasar Garzón es un perseguido al que entre unos y otros han echado a patadas. Supongo que en el fondo hizo bien marchándose a la Corte Penal Internacional de La Haya, cuanto más lejos mejor de este antiguo pedazo de tierra que no cambiará nunca.
Esperanza decía que daría su vida para que Baltasar Garzón volviese a ser juez. Ante ese acto de amor y gratitud hacia alguien que ha defendido la justicia frente al terror y dado voz a los olvidados, ¿qué más se puede añadir?

domingo, 18 de septiembre de 2011

Gracias por la oscuridad

Les aseguro que no era mi intención. Cuando el maldito despertador me arrancó de las sábanas a las siete de la mañana del pasado jueves, les juro por lo más sagrado que no tenía ni la más remota idea de que aquella misma tarde acabaría paseando por las entrañas de un edificio coronado por alambres retorcidos y una enorme malla metálica repleta de hierros que representaba un calcetín. Sí, como habrán adivinado estuve en la Fundación Tàpies, pero déjenme que empiece por el principio.
Curiosamente, aquel caluroso día de Septiembre fue el último de la estival estancia en Barcelona del padre de una amiga. Su nombre es Hebert y para más señas es uruguayo, escultor y uno de los tipos más divertidos que me he echado a la cara. Para celebrar una despedida en condiciones nos fuimos a comer el susodicho, su hija, el novio de ésta -que a la vez es amigo y tocayo- mi compañera y yo. Cinco sombras errantes bajo un sol de justicia que tras llenar el estómago se encaminaron calle arriba, a través de la Rambla de Cataluña, esquivando guiris, gitanas pedigüeñas y ciclistas inconscientes que invadían las aceras. Barcelona en estado puro.
El caso es que nuestro destino era la calle Aragón y más específicamente la Fundación Tàpies, en la que Hebert estaba interesado después de que un amigo le insistiera en la genialidad del artista catalán, la cual yo puse inmediatamente en duda. A pesar de mi advertencia entramos en el recinto mientras tres inteligentes desertores abandonaban aquella idea, refugiándose en la comodidad de una terraza en la que nos esperaron plácidamente con una taza de humeante café entre las manos.
El primer contacto con la chica que vendía las entradas ya no auguraba nada bueno. Después de explicarnos que se estaba celebrando un concierto en el interior de la sala principal y debido a ello la luz era escasa, nos vendió dos entradas a un precio reducido por la molestia de no poder disfrutar en todo su esplendor de aquellas obras maestras. Resignados -ya que estábamos ahí- decidimos entrar, Hebert expectante y yo dispuesto a cambiar mi concepción sobre el curioso arte de Tàpies. Veinte minutos después salimos a la calle con la sensación de haber perdido un tiempo precioso aunque agradecidos, eso sí, a la oscuridad que disimuló nuestras caras de estupefacción. En un brevísimo intérvalo de tiempo, la expectación de Hebert se había convertido en indignación y mi buena disposición en una sólida reafirmación en la idea de que aquello que habíamos contemplado se parecía a cualquier cosa menos al arte.
Dos trozos de madera enzarzados en una red metálica, una vieja persiana en la cual aparecía incrustado un violín con sólo dos cuerdas, bloques de cemento numerados y apilados unos sobre otros, por no hablar de las obras pictóricas -realizadas sobre madera e incluso sobre un trozo de manta roída- en las que el elemento común en la mayoría de ellas era la aparición de grandes X sobre fondos monocromáticos.
Nuestros comentarios se camuflaban entre la música estridente e innovadora que nacía de una flauta travesera -ni el concierto se salvaba, oigan- llegando a dos inevitables conclusiones: que hay gente en la vida que le echa mucha jeta al asunto y que la falta de talento no es hoy en día ningún obstáculo para llegar a triunfar en alguna de las disciplinas artísticas existentes. Sólo basta con tener buenos contactos, hacerte un nombre y que el boca-oído haga el resto. A partir de ahí, cualquier tipo con dinero y mal gusto será capaz de pagar un precio desorbitado por la primera estupidez que se le pase por la cabeza crear al excéntrico artista de turno. Imaginen lo estimulante que debe ser invitar a cenar a unos amigos en tu humilde morada de mil metros cuadrados con piscina olímpica y enseñarles el último Tàpies adquirido en Nueva York. Le debe llenar a uno de orgullo y satisfacción, como dice el rey en sus discursos.
Reconozco que no poseo conocimientos extraordinarios sobre arte pero hay una cosa que sí tengo: ojos en la cara, y mientras cualquier obra de un artista reconocido pueda llegar a realizarla mi sobrina de tres años con la misma exactitud, jamás llegaré a considerar aquello como arte, por muy exquisitos que se pongan los autores, los galeristas, los directores de museos o los ministros de educación, muchos de los cuales no tienen los estudios necesarios para desempeñar con éxito su labor ni saben hacer la O con un vaso.
Al menos, algo bueno ha salido de todo esto. Una promesa. La que le hice a Hebert de ir juntos algún día al Museo del Prado y allí sí, por fín, disfrutar como dos gorrinos en un charco.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Conversaciones paralelas

Hay conversaciones que le dejan a uno patidifuá o anonadado, como diría aquella estrella de antaño que hizo su última aparición en un videoclip de Fangoria. Precisamente hace unos días fui testigo de una de esas conversaciones, protagonizada por dos chicas que no tendrían más de veinte años. Una de ellas le explicaba a la otra, compungida, un hecho acaecido la noche anterior ante el cual no había podido contener las lágrimas. Imagino que estarán ustedes pensando en un drama familiar, una defunción, un accidente o simplemente mal de amores. Craso error. El fatídico episodio que provocó el vertido lacrimal sobre las mejillas de la inocente joven no fue otro que el fallo mecánico de su teléfono personal. Vamos, que se le estropeó el móvil. Las palabras textuales con las que expresó sus sentimientos a flor de piel fueron: "Jo, tía, lloré y todo".
Ante tal ejemplo de sinceridad para con su amiga, yo, que he contemplado innumerables escenas surrealistas a bordo de un tren, no pude hacer otra cosa que tratar de reprimir la carcajada que estuvo a punto de brotar, incontenible frente a aquellas palabras pronunciadas desde el desgarro más profundo. Si el tema no fuera tan triste, les juro que me reiría incluso acompañando esas sonoras risotadas con suspiros y dolores abdominales, pero ciertamente, el tema además de triste es preocupante.
Varios interrogantes me asaltaron entonces debido al panorama que se cernía ante mis ojos. ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Cómo es posible que una minúscula máquina pueda crearnos tal dependencia? ¿Se ha convertido el móvil en el hilo conductor de las relaciones humanas? ¿Qué sería de nosotros hoy en día sin la tecnología?
Esta última cuestión es la clave para comprender en qué nos hemos convertido y en lo que se convertirán en mayor medida las generaciones venideras: en inútiles incapaces de sobrevivir sin las comodidades que nos brinda nuestra sociedad del bienestar.
No es mi intención ponerme tremendista, ni apocalíptico, ni ser pájaro de mal agüero, pero pónganse ustedes en lo peor. Una catástrofe nuclear a gran escala, un meteorito caprichoso que en su trayectoria impacta sobre nuestro planeta, una desviación severa del eje terrestre con fatídicas consecuencias. Imaginen el percal. Abrir el grifo y que no mane ni una gota de agua, apretar el interruptor de la luz y continuar en la más absoluta oscuridad, realizar nuestras necesidades fisiológicas y que éstas no desaparezcan por las cañerías al empujar un circular botón metálico, no tener frigorífico para refrigerar los alimentos ni microondas para calentarlos, estar desinformados de lo que ocurre a tan solo diez kilómetros de distancia al no disponer de radio, ni televisión, ni internet, ni teléfono para comunicarnos con nuestros seres queridos, no contar con calefacción para protegernos del frío ni con aire acondicionado para sofocar el calor.
Ante esa hipotética catástrofe, ¿cómo reaccionaría la humanidad? Sin duda, nos veríamos obligados a adaptarnos al nuevo medio y aprender a sobrevivir con lo que únicamente nos brinda la naturaleza a la que saqueamos y violamos indiscriminadamente desde hace décadas. Sobrevivir. Ése es el término que hemos escondido en lo más recóndito de nuestra memoria colectiva y cuyo real significado alteramos diariamente con demasiada ligereza.
En fín, sólo espero no estar presente en este mundo cuando todo se vaya al carajo y el ser humano se reencuentre consigo mismo, con lo que siempre fue desde el principio de los tiempos, con su instinto más arcaico y primitivo. Y lo mismo le deseo de corazón a esa chica que una tarde, en un tren de cercanías, lloró por su difunto móvil. Porque ella sí que no lo podría soportar.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Los que nunca se fueron

Hoy los he vuelto a ver y lo cierto es que siguen como siempre, instalados en el lugar del que nunca se fueron. Continuan llevando sus caros y elegantes trajes, sus camisas italianas impolutas, sus corbatas de impecable nudo, sus rayban y sus depredadoras sonrisas, seguros de sí mismos y dispuestos a vender hasta a la madre que los parió por un buen porcentaje. Suelen ser tipos listos, con estudios -eso sí, más de uno inventado en el currículum- ubicados en un amplio abanico que abarca desde especuladores, brokers o directivos de grandes empresas con bonus estratosféricos hasta piltrafillas y lameculos cuyo único mérito en la vida ha sido estar en el lugar adecuado en el momento preciso.
Éste del que les hablo era un grupo de seis o siete hombres, tirando a cincuentones. Mirada altiva, manos en los bolsillos y paso firme. Parecían comerse el mundo a bocados, conscientes como son de su posición y su poder en esta sociedad de consumo y sabedores de que tienen la sartén por el mango y cuerda para rato. Son tiburones, predadores, supervivientes de un sistema creado precisamente por ellos, por los poderosos que al igual que la banca en un casino, nunca pierden. Cuando inventaron todo este tinglado no dejaron nada a la improvisación, por mucho que lo parezca: los beneficios son privados y las pérdidas públicas. Jaque mate y fin de la partida.
Fue entonces, al observar a aquellos tipos andar por la vida con la impunidad de diplomáticos, cuando me pregunté de qué han servido estos últimos años de crisis financiera, hundimiento de las bolsas, rescate de los bancos, desconfianza en los mercados y un largo etcétera de daños colaterales. La respuesta me resultó dolorosa a la vez que clara como el agua. Han servido para afianzar un sistema pervertido desde su nacimiento, basado en la codicia y el consumo indiscriminado, a costa de dilapidar las libertades y los derechos de esos mismos ciudadanos que tanto abrazaron al propio sistema mientras les era favorable, como un espejismo que finalmente se ha esfumado ante sus ojos.
Los dueños del cotarro siguen en su torre de cristal manejando los hilos de nuestros destinos, mientras los demás mortales deberemos enfrentarnos a la nueva esclavitud del siglo XXI, basada en la precariedad laboral, salarios irrisorios y recortes en los servicios más básicos, pilares de cualquier sociedad desarrollada, como son la educación y la sanidad.
Lo que parecía ser el fin de un sistema capitalista agotado y con fisuras hasta ahora inéditas en su línea de flotación, va camino de convertirse en el inicio de una nueva era, en una mutación del propio sistema en un neocapitalismo pseudo-feudal en el que, si una revolución popular no lo impide, acabaremos aprobando por decreto las jornadas de catorce horas laborables, la educación y la sanidad dejarán de ser "gratuitas", e incluso no descartaría la implantación -seis siglos después- del derecho de pernada.
Pensándolo bien, dejaré de dar ideas porque esta gente es capaz de cualquier cosa.