sábado, 30 de octubre de 2010

La crisis agudiza el ingenio, o no

La historia que hoy les voy a contar es para mear y no echar gota, oigan. Yo creía -inocente de mí- que ya lo había visto todo en lo referente a la estupidez humana y a la gilipollez más absoluta, pero este caso me ha demostrado que no. Me vengo a enterar a estas alturas que con un poco de entrenamiento diario se puede llegar a ser más tonto que ayer pero menos que mañana, en este país donde la competencia en el ámbito gilipollístico es infinita ya que tenemos el índice más elevado de imbéciles por quilómetro cuadrado de Europa, y si me apuran, del mundo.
Leí la noticia en el periódico y créanme que todavía no salgo de mi asombro. Les juro que me pinchan y no echo sangre. Resulta que el otro día detuvieron a un matrimonio en la bonita y pintoresca población de Morón de la Frontera, provincia de Sevilla, por un delito contra la salud pública, es decir, expresándolo con palabras más asiduamente utilizadas por el pueblo llano y soberano: por vender coca.
Hasta ahí todo perfecto, otra de tantas detenciones por hacer negocio con la venta de sustancias prohibidas. Lo curioso del asunto, lo humorístico del tema -si no se tratara de algo tan serio- es que en esta ocasión la policía no tuvo que realizar seguimientos a los sospechosos, ni pinchar teléfonos, ni tirar de confidentes. Nada de eso. No fue necesario porque la feliz pareja se dedicaba a repartir octavillas por el municipio promocionando la venta de su producto estrella. Tal y como lo oyen. Sólo les faltó anunciarlo en la radio y la televisión, a los muy ineptos.
En los flyers que entregaban al personal podía leerse el siguiente texto: "Descuento de cinco euros por cada gramo de coca que me compres. El Arrebato de Morón, en la calle Zaharillas, 35", acompañado por la fotografía de un billete de cinco euros, por si quedaba alguna duda. Toma ya, con dos cojones, mote y dirección.
Sus deseos de expandir el negocio familiar les llevó a anunciarse para poder abarcar mercado más allá de su edificio, de su calle y de su barrio con esta genial e innovadora idea, nunca jamás antes vista. Con un pequeño problema, eso sí, la venta de cocaína es un delito y está penalizado, fíjate tú qué cosas, oye. Pero claro, las criaturas a lo mejor lo desconocían, o quizás pensaron que como en este país hay más mangantes que personas honradas, tal vez nadie iba a reparar en sus transacciones, tan ocupada como está hoy en día la policía con el terrorismo, la corrupción urbanística, la violencia machista, el top manta y la puta que nos parió. "¿Quién va a fijarse en nosotros, simples artesanos del corte y la distribución?" debieron cavilar sus prodigiosas mentes ante tal panorama.
Puede que también cayeran en la cuenta de que viven en España y aquí la impunidad campa a sus anchas, por lo que en el supuesto que les trincaran, entrarían por una puerta y saldrían por la otra, y mañana Dios dirá. Lo comido por lo servido.
La verdad, no sé en qué coño estarían pensando este par de linces, pero desde luego, este tipo de episodios sólo pueden pasar en nuestro país, lo cual me ha hecho recordar un chiste muy antiguo sobre la dictadura de Franco que casualmente leí hace poco en un escrito de Pérez-Reverte, y que decía: España una, porqué si hubiera dos, todos nos iríamos a la otra.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El machote de Valladolid

Realmente no sabemos en manos de quién estamos. Confiamos en sus palabras, les damos nuestro apoyo en las urnas, esperamos que estén a la altura de las circunstancias y ejerzan su labor con responsabilidad, pero hay que joderse, siempre nos defraudan e incluso caen en la descalificación rastrera y gratuita, como en el caso que hoy les comento.
Supongo que ya habrán escuchado las inaceptables declaraciones machistas del señor Javier León de la Riva, alcalde de Valladolid por el Partido Popular, sin embargo hoy las reproduciré de nuevo por si hay algún despistado y cómo no, para que los amigos que viven fuera de España sepan cómo se las gastan algunos de nuestros políticos.
Pues bien, resulta que el señor alcalde declaró en una entrevista que la nueva ministra de Sanidad, Leire Pajín, iba a ser la alegría de la huerta repartiendo preservativos a diestro y siniestro y que cada vez que veía sus "morritos" siempre pensaba lo mismo.
No vayan a creer ustedes que fue un lapsus, un instante de enajenación mental transitoria, una metedura de pata que le puede ocurrir a cualquiera en un mal día. Nollll. Este tipo es reincidente cum laude en lo que a la mofa machista se refiere y a lo largo de su carrera ha dejado varias perlas que muestran su catadura política y moral.
En 2007, ante la paridad del gobierno Zapatero, expresó "no creo en paridades, me parecen paridas". En el mismo año hizo de nuevo unas vergonzosas declaraciones en alusión a Soraya Rodríguez, su contrincante socialista en las elecciones municipales, asegurando que "de aquí a mañana puede pasar cualquier cosa, hasta me podrían acusar de violar a la propia candidata, aunque la verdad es que..." insinuando la falta de atractivo de su oponente y haciendo entender que nadie sería capaz de tocarla ni con un puntero láser. Más sonado fue su enésimo comentario sexista, realizado en 2008. Esta vez el foco de sus iras machistas fue la ministra de Defensa, Carme Chacón, a quién calificó como "señorita Pepis vestida de soldado".
Al escuchar todas estas barbaridades, uno se pregunta si el señor alcalde tiene esposa, hijas o nietas, y en tal caso, qué pensarán de sus salidas de tono. A mí al menos, se me caería la cara de vergüenza si tuviera a este personaje como marido, padre o abuelo. También me pregunto -aunque ya sé las respuestas- cómo es posible que el señor León de la Riva siga manteniendo su cargo político. Tal es la impunidad de sus excesos verbales que ningún miembro del PP le ha exigido explicaciones ni le ha invitado a plantearse la dimisión. El propio líder de su partido, Mariano Rajoy, calla y otorga, e incluso ha enviado algún que otro mensaje de apoyo al angelito.
Al menos, alguien con dos dedos de frente en medio de este putiferio debería recordarle a este imbécil -elegido democráticamente-  que su labor no sólo consiste en representar al ayuntamiento o dirigir la administración municipal, sino que también debe ser el primero en dar ejemplo a la ciudadanía y no promover la discriminación y la falta de respeto hacia las mujeres.
Luego pasa lo que pasa y llegan las lamentaciones, y nos ponemos las manos en la cabeza, pero es que nada bueno podemos esperar de un país cuyos líderes políticos han perdido la educación y el respeto. La política española se ha convertido en una pelea de barro donde todo vale, golpes bajos, escupitajos en el rostro, y por supuesto, menciones a la madre.
Como Juan Palomo, ellos se guisan y se comen el suculento manjar político mientras los ciudadanos asisten al espectáculo, impávidos en algunos casos y entusiasmados en otros, como si se tratara de otro reality más de nuestra telebasura diaria.
Dicen que cada sociedad tiene los políticos que se merece, y este hecho me hace pensar algo que sospecho hace tiempo: que debimos ser muy hijos de puta en una vida anterior.

viernes, 22 de octubre de 2010

Barricadas las justas

No sólo nos separa una frontera sino un abismo social.
Francia se ha enfrentado a la novena huelga general en lo que va de año, con más de tres millones de personas echándose a las calles de París, y claro, nos ponemos a hacer comparaciones y le entran a uno ganas de llamarse Jean Paul o Michel y de enviar a este insufrible país llamado España a donde picó el pollo.
Nuestros vecinos del norte se toman muy en serio las conquistas sociales que tanta sangre y esfuerzo les ha costado conseguir como para que ahora venga cualquier pequeño Napoleón de pacotilla a tocarles la entrepierna y a decirles a qué edad se tienen que jubilar.
La revuelta está en el ADN de los franceses y así lo han demostrado a lo largo de su historia, con hitos universales como la revolución de 1789 o el Mayo del 68, todavía grabado en la retina de nuestros padres. De momento la presión sindical y social ha servido para paralizar medio país ante la preocupante falta de combustible y ha conseguido que el Senado francés aplace la votación del proyecto de reforma de las pensiones e incremento de la edad de jubilación.
Ahora traten de imaginar una situación semejante por estos lares, al otro lado de los Pirineos. Ni hartos de vino peleón, vamos, porque en España confundimos la paz social con el pasotismo y el aletargamiento. Aquí el personal se queja, claro que sí, pero en petit comité, con los compañeros del trabajo o junto a los amigos en un bar y frente a unas cañas, para poner a caer de un burro al presidente del gobierno, al líder de la oposición, al alcalde del pueblo y si se le calienta la boca, hasta a la suegra.
Pero a la hora de la verdad, cuando toca plantarse, exigir lo que nos corresponde como pueblo, defender nuestros derechos ante la incompetencia y desvergüenza de gran parte de nuestra clase política, curiosamente siempre tenemos algo más importante que hacer o esperamos que alguien tome la iniciativa por nosotros. No importa que haya una tasa de desempleo del veinte por ciento, ni que se apruebe una reforma laboral injusta, ni que nos recorten el sueldo, ni que el recibo de la luz suba un trimestre sí y el otro también, ni que pretendan incrementar la edad de jubilación de los 65 a los 67 años. Tampoco importa que la ministra de economía, Elena Salgado, amenace con tomar nuevas medidas impopulares si fuera necesario, ante la crisis que nos acecha, que por supuesto sufriremos los de siempre.
A semejante desaguisado nos hemos acostumbrado en esta democracia ficticia que nos han vendido, haciéndonos creer que el pueblo es soberano. No existe tal democracia cuando tan sólo ejercemos nuestro derecho al voto una vez cada cuatro años y no tenemos la opción de posicionarnos ante los grandes temas de estado, ya sea a través de referendos o plebiscitos como ocurre en otros paises. Uno de los ejemplos más sangrantes es el hecho de que tras treinta años de democracia, no hayamos tenido la posibilidad de decidir qué tipo de estado queremos, república o monarquía, ésta última impuesta -recordemos- por el dictador que rigió el destino de España durante cuarenta años. De nada han servido tampoco las recogidas de firmas, ni las manifestaciones, ni las huelgas, en este país que elige presidentes reconvertidos con el tiempo en caciques demagogos que pierden el sentido de la realidad y el pulso de la calle.
Han pasado más de cuarenta años del mítico Mayo del 68 y tras el desencanto de aquel sueño que nunca fue, hemos comprobado que bajo los adoquines no había arena de playa. Extrapolando la mítica frase revolucionaria a la España actual, se puede confirmar que aquí nunca hubo ni adoquines ni arena de playa, tan sólo un espeso lodo pantanoso que todo lo cubre. Pero no se preocupen, mientras el hambre no apriete y nos metan Gran Hermano en vena para evadirnos de la triste realidad, quién necesita barricadas ni consignas a voz en grito. Y que salga el sol por Antequera.

domingo, 17 de octubre de 2010

¿Por qué mon amour?

Lo que más le enamoró de él fue aquella planta de actor de Hollywood y esa mirada penetrante, cuando sus ojos se cruzaron en un cine de verano. Saltaron chispas al primer instante, ambos pudieron sentirlo.
Volvieron a encontrarse brevemente alguna que otra vez hasta que meses después coincidieron en un baile y por supuesto, él la invitó a bailar un "agarrao". Sus pies se deslizaban por la pista al ritmo de unos corazones que latían silenciando la música. Fue una noche maravillosa. Desde aquel preciso instante ya no se separaron jamás.
El primer beso, tierno, a escondidas en aquel portal bajo la tenue luz de una farola, los abrazos infinitos y dulces, los paseos junto al mar imaginando un futuro próspero y rebosante de felicidad, la pedida de mano y la posterior boda que celebraron en un discreto restaurante familiar. Pequeños pasos que les llevaron a la independencia y al goce de sus almas y sus cuerpos en plena libertad.
Llegaron los hijos, cuatro nada menos, y con ellos las primeras desavenencias. Él no quería que ella trabajara, para poder ejercer ejemplarmente sus obligaciones como ama de casa y criar a los chicos como debe ser. Por aquella época fue, cuando apareció un sábado por la noche, el primero de tantos que vendrían después, borracho y desencajado, despertando a los niños que dormían inocentes. Aquella discusión acabó con sendas bofetadas marcadas en el delicado rostro de ella, que lloró durante toda la noche hasta saciar la rabia que le comía por dentro.
A la mañana siguiente, ya saben, el perdón llamando a la puerta y la afligida abriéndola de par en par. Primero por los niños, más tarde porque le quiero y al final, qué carajo, porque quizás me lo merezco. La manipulación psicológica suele llegar a estos extremos en los que no hay más culpable que la propia víctima.
Y los años pasan y los chicos crecen. Abandonan el nido y hacen su vida mientras ella echa de menos los recuerdos y confirma que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Un sueño le perseguía hacía ya tiempo. Una imagen preciosa, idílica, un cuento de hadas. Él siempre le prometió un viaje a París pero nunca fue hombre que cumpliera sus promesas. En ese sueño repetido se veía paseando junto a los puentes del Sena, bajo un sol anaranjado que trataba de esconderse. Y cada día lo soñó durante meses, añorando al despertar la mágica luz de París, a pesar de que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.
Aquella noche volvió de nuevo apestando a alcohol, pero no lo hizo solo. Portaba su escopeta entre las manos y por primera vez en su vida cumplió una promesa, repetida cientos de veces durante años y llevada por fin a cabo. "Te mataré, te mataré".
Ella recogió aquel cartucho de pólvora entre sus senos como a un hijo que vuelve al hogar tras la batalla, con alivio y alegría. Al fin acababa el sufrimiento y quizás volvería a ver el sol. Mientras se desangraba -inmóvil, observando cómo él se volaba los sesos- se preguntó: ¿Por qué mon amour? ¿Por qué hemos acabado así pudiendo haber sido tan felices?
Ésta podría ser otra de tantas historias que acaban con la muerte de una mujer a manos de su pareja. En lo que va de año ya hemos superado la cifra de mujeres asesinadas durante el 2009. Ante esta lacra que nos golpea, tan solo cabe decir: BASTA YA.

sábado, 16 de octubre de 2010

El águila que nunca duerme

Hay días en que leo los periódicos y me hierve la sangre. Tengo que admitir que me dan ganas de hacerme con una recortada y volarle sus íntimas partes a algún hijo de puta. Pum, pum, y hasta luego Lucas, castrati de por vida.
La mala sangre que me resbala por el colmillo afilado viene provocada por una noticia que vi publicada la pasada semana en el diario Público, en la que aparecía un tipo llamado Josep Anglada presentando su libro -no mencionaré el título para no hacerle publicidad gratuita- en Madrid.
Pues bien, resulta que el tal Anglada -un animal de bellota como el sombrero de un picador- es el líder de un partido político de ultraderecha llamado Plataforma per Catalunya y candidato a la Generalitat en las próximas elecciones autonómicas.
A la presentación acudía lo más granado del facherío nacional, desde periodistas de Intereconomía hasta el secretario general del sindicato Manos Limpias, conocido por interponer varias demandas contra el juez Baltasar Garzón. Quien no pudo asistir, pese a que su presencia estaba anunciada, fue Jesús Neira debido a unos problemas familiares. Una verdadera lástima que no pudiera iluminar a tan distinguido grupo de salvadores de la patria con su verborrea incendiaria.
La presentación se convirtió en lo que todos esperábamos ante tal congregación de fascistas por metro cuadrado. Relamiéndose como perros y animándose unos a otros, la apología del racismo y las proclamas xenófobas camparon a sus anchas, arropados por la libertad de expresión que antes denostaban. "Nos va a tocar a los valientes expulsar a los musulmanes de nuestro país", vitoreaba Anglada. "¡Y a los sudacas!", añadía alguien entre el público entregado.
Parece mentira que podamos escuchar estas palabras de boca de un tipo que pretende regir el futuro de los catalanes. Respiro, al menos, aliviado al pensar que este aprendiz de caudillo obtendrá un porcentaje insignificante en las urnas el próximo Noviembre, sin embargo es preocupante comprobar como este tipo de partidos extremistas van encontrando su espacio dentro del panorama político en época de crisis.
En estos momentos de dificultad es cuando buscamos culpables a nuestros males y claro está, no apuntaremos nuestros dardos cargados de ira contra los bancos, ni contra los políticos ineptos y corruptos que vacían ayuntamientos, ni contra las empresas que aprovechan la situación para llevar a cabo expedientes de regulación, ni contra los sindicatos que se acuerdan tarde y mal de mover ficha, ni contra la puta que los parió a todos. La culpa, por supuesto, la tienen los inmigrantes que nos vienen a quitar el trabajo y si nos descuidamos, la mujer y la casa, que menudos son.
El fenómeno se está expandiendo por el viejo continente, donde los partidos ultraconservadores están rebañando los votos de esa gente que se deja amedrentar por el miedo al extranjero y demás bazofia que vomitan a diario sus representantes políticos, muchos de ellos melancólicos de tiempos pasados en que una cámara de gas hacía el trabajo sucio.
Lo que me resulta difícil de entender es que nuestro país pueda entrar en esa espiral contagiosa y entierre su memoria en un profundo hoyo tan enorme como su estupidez.
Nadie recuerda ya que el nuestro fue durante muchos años país de emigrantes que se marchaban con una mano delante y otra atrás en busca de un mejor futuro para los suyos. Qué lejos ha quedado el hambre y la necesidad en nuestra actual sociedad empachada, engreída cual nuevo rico y desmemoriada. Qué triste comprobar que aún queda gente como Josep Anglada que enarbola la bandera del odio y el racismo, ante lo cual, señor Anglada, lo que me pide el cuerpo es cagarme en sus muertos más frescos y desearle que algún día la vida le obligue a abandonar España y sentir la nostalgia, el desprecio y la humillación en carne propia.

martes, 12 de octubre de 2010

Rompan filas y tratados

Lo reconozco, se me ha saltado la lagrimita.
La nueva campaña publicitaria que ha aparecido en los medios de comunicación coincidiendo con el día de la fuerzas armadas del doce de Octubre le toca a uno la fibra sensible. Snif.
En ella podemos observar a una niña negrita sonriendo y con el brazo en cabestrillo, un simpático jubilado y un soldado barbudo con un curioso parecido al príncipe Felipe, mirando al frente. Los tres personajes aparecen -no pasen por alto el bonito detalle- haciendo el saludo militar que tanto envalentona a los uniformados, entre mensajes informativos que destacan el bien que han hecho nuestros soldados a la sociedad durante todo este tiempo. Tengo que admitir que mi favorito es: "Más de 180 intervenciones en incendios, inundaciones y nevadas".
Y claro, ve usted ese anuncio en los periódicos o en la televisión y rediós, le entra la duda existencial. A mí por lo menos me tiene sumido en la indecisión más absoluta. Esto del ejército parece tan divertido y tan chupi que el próximo fin de semana no sé si saldré de fiesta o me alistaré a darlo todo por España y por aquellos que necesiten mi humilde ayuda.
La verdad es que estamos tan acostumbrados a que nos avasallen con publicidad engañosa que cuando tenemos frente a nuestras narices el paradigma del gato por liebre, ni nos damos cuenta.
Tras la profesionalización del ejército durante el gobierdo de Aznar -quién nos lo iba a decir- el déficit de soldados ha sido la tónica habitual durante estos años, a pesar de que se han adoptado medidas para contrarrestar la tendencia, como aceptar el acceso de inmigrantes hispanoamericanos y de Guinea Ecuatorial o reducir el coeficiente intelectual exigido para poder ingresar en las fuerzas armadas. Todo ello, claro está, acompañado año tras año por la campaña publicitaria de alistamiento oportuna.
Campañas en las que nos venden el ejército como una aventura, como un campamento de verano para hacer amiguitos extranjeros y ver mundo, como un sueldo seguro a cambio de repartir juguetitos y predicar entre la población -que lleva años matándose a tiros- que eso de la guerra no está bien, que guerra caca.
Lo que nadie cuenta en esos anuncios es que la realidad de la guerra es otra. Es tan simple como el hecho de que puedes matar o puedes morir, tal y como se ha venido haciendo desde el inicio de los tiempos y se hará, por desgracia, hasta que se extinga la raza humana porque el hombre siempre estará ligado a la violencia, la venganza y la codicia, tres miserables razones que han provocado tantas guerras y tanto dolor a lo largo de la historia.
Nadie muestra tampoco en esos anuncios a los mutilados, los desfigurados, los ensangrentados de pies a cabeza o las condiciones de los campos de refugiados.
El poder nos sigue mintiendo con la más que recurrida excusa de la participación en tareas humanitarias. Si el estado español cree que el papel de nuestro ejército en los conflictos bélicos es el de ayudar a los lugareños, debería replantearse el gasto de millones y millones de euros anuales en armamento por parte del Ministerio de Defensa. A ojos de la población se ha producido un cambio en las funciones originarias de las fuerzas armadas por lo cual se debería hacer desaparecer tal ministerio y crear una institución estatal formada por diversas ONGs, que son las que verdaderamente saben y tienen experiencia en desarrollar ayuda humanitaria a la población necesitada. Sin embargo, eso no será posible mientras los ejércitos sean una rama más del gran árbol del poder y del gran negocio económico de la guerra.
La triste realidad es que el auténtico papel de nuestras fuerzas armadas es bailarle el agua a los grandes poderes económicos y a los Estados Unidos de América, que son quienes crean las guerras para su propio beneficio. Nuestro rol es pasar por el aro de la OTAN o de Naciones Unidas y hacer de simple comparsa tras la invasión de turno o permanecer en lugares donde no somos bienvenidos, y con razón.
Pienso de nuevo en el anuncio e imagino a esa mujer afgana que va a buscar agua a un pozo y se encuentra con talibanes que la quieren poner mirando a la Meca antes de lapidarla por no vestir el burka, o se topa con un par de yanquis uniformados -son igual de peligrosos- que quieren vengar la muerte de su compañero, el cabo Mike Smith, la noche anterior. Y en eso que aparecen nuestros soldados españoles cargados de medicinas, víveres o juguetes y no les queda otra que emprenderla con los malos lanzándoles ositos de peluche. Así acabaremos en este hipócrita país que defiende la alianza de civilizaciones mientras mantiene sus tropas en Afganistán y el Líbano o vende armas a Israel, en este cobarde país que quiere estar presente en los conflictos bélicos pero sin estar, es decir, la puntita nada más y no tiene los cojones de decirle al señor Obama, al señor Ban Ki-Moon o a quien carajo sea: "mire usted, a mi ya me pueden estar borrando".

jueves, 7 de octubre de 2010

Asín de claro te lo digo

Ya les he contado alguna vez que mis viajes en transporte público no tienen desperdicio. Esta vez fue en el tren de cercanías donde presencié una conversación entre dos chicas de unos veintitantos años.
No vayan a creer ustedes que me he convertido en un cotilla que anda husmeando en conversaciones ajenas. Nada de eso. Las palabras que brotaron de la boquita de la niña no sólo las escuché yo -cierto es que estaba bien cerca- sino medio vagón, debido a su desagradable tono de voz y al excesivo nivel de decibelios emitido. La joven, que vestía una elegante camisa blanca y pantalones negros en plan ejecutiva, le explicaba a su compañera de butaca la recriminación de la santa madre que la parió hacia su persona, debido al hecho que se gastara el dinero -y cito textualmente- asín como asín. Y asín de ancha se quedó, oigan.
Sé que estamos acostumbrados a semejantes patadas al diccionario sin que ya nos chirríen los oidos. Sé que en televisión aparecen demasiados personajes con encefalograma plano que no son capaces de trenzar sujeto-verbo-predicado y que a pesar de ello convertimos en ídolos de masas y en ejemplo a seguir para nuestros jóvenes. Sé también que nuestros políticos, los cuales deberían dominar el idioma español a un nivel acorde al puesto que desempeñan, son los primeros en ponerse y ponernos en ridículo con su vocabulario hasta el punto de llegar a preguntarnos en manos de quién estamos.
Sé todas esas cosas pero no me resigno a creer que a estas alturas de la película, nuestro país siga anclado en la incultura, mucho menos tras lograr la escolarización obligatoria hace ya algunos años. Tiene un pase que generaciones anteriores, obligadas a abandonar tempranamente los estudios para trabajar, no hayan podido obtener la cultura y la expresión oral deseadas -aunque muchos de ellos se expresen mejor que cualquiera de nosotros- pero lo que tiene delito es que actualmente, una parte significativa de la juventud española hable inventándose todas las palabras que les salga del ciruelo.
El monologuista Toni Moog explicó una historia en uno de sus espectáculos, que le viene como anillo al dedo al tema que hoy les comento. Hablaba de esos chavales que conjugan erróneamente el pasado de algunos verbos y afirmaba que si se encontrara con alguna de esas chicas, almenos follaría, ya que le preguntaría: "¿Qué hiciste ayer con tu novio?", a lo que ella respondería: "Ayer follemos". "Pues follemos, follemos", remataba Moog.
Por mi parte, lo cierto es que ya estoy hasta los mismísimos de los asín, de los cantemos y disfrutemos,¡qué bien que nos lo pasemos! -cuando en realidad ayer cantamos y disfrutamos- de los fuistes -cuando en verdad fuiste e incluso volviste- de los me se cae -cuando en todo caso se me cae- de los pogramas, las cocretas, los celebros, las almóndigas y tantas otras palabras que me dejo en el tintero debido al limitado espacio que le suelo dedicar al artículo de turno.
En fin, Serafín, debido a la experiencia que precede tales hechos, en lugar de corregir esos errores del lenguaje cada vez más habituales, he optado por hacer de mi capa un sayo y que cada uno sea dueño de sus miserias.
Total, si a todo se acostumbra uno. Quizás con el tiempo me dé por abrazar la vulgaridad y sentarme en los sofales mientras me bebo un par de cafeses.
Asín de claro te lo digo.